En épocas tempranas era posible encontrar a un individuo que además de ser filósofo, astrónomo, físico, matemático, biólogo y artista, todo al mismo tiempo. Había varios grandes pensadores capaces y conocedores en más de un campo del esfuerzo humano. Lentamente, a medida que el conocimiento se expandía, surgía inevitable la especialización y la escuela moderna de hoy conoce una cantidad enorme en un área muy reducida de su especialización. Nuestra visión del mundo exterior, así como del interior de nuestra conciencia, se ha fragmentado, dividido, parcializado. El entendimiento holístico de la vida, de los fenómenos externos como nuestra propia psique, es virtualmente imposible porque nuestra educación y entrenamiento colocan anteojeras a nuestra visión y programa permanentemente nuestro cerebro para ver únicamente cierto punto de vista. Una percepción de la realidad total se ha hecho extremadamente difícil y rara. En efecto, tomamos como un hecho que es inevitable, aún deseable, y por lo tanto categorizamos a los seres humanos como científicos, religiosos, filósofos, románticos, psicólogos, doctores, ingenieros y así sucesivamente, sin enumerar o subdividir las numerosas categorías que derivan de estas clasificaciones.
Estas etiquetas dividen y limitan al hombre en un sentido fundamental, casi de la misma manera en que como lo hacemos al adherirnos a una religión particular, nacionalidad, etc. Estamos contentos de ser como los ciegos que trataban de sentir al elefante, cada uno llegando a diferente conclusión sobre su realidad, dependiendo donde lo tocaban. En nuestra ignorancia, argumentamos en defensa de nuestra particular percepción de la realidad, sin darnos cuenta que tan extremadamente parcial es nuestra percepción. Para el científico, el sol es una tremenda fuente de radiación termo-nuclear alrededor del cual nuestro planeta gira y rota causando tanto la aurora como el crepúsculo. Para un religioso y para un artista este mismo objeto y fenómeno tienen un significado totalmente diferente. El río es verdaderamente agua que fluye de un nivel más alto a otro más bajo por la fuerza gravitacional de la tierra; pero seguramente hay mucho más que esto si tenemos ojos para verlo. Un campesino no educado tiene un sentido diferente acerca del río, el árbol, la caída de la lluvia, la tierra, el sol, el animal que le asecha y así sucesivamente, que el hombre educado percibe. ¿Quién puede indicar qué resulta más “real” y como define uno la realidad?
En el reino de nuestra conciencia, de la psique, clasificamos a la gente ( y también a nuestras percepciones) como intelectuales o emocionales. Ambos extremos conducen a lo absurdo. El hombre frío, racional e intelectual se pelea, siendo de esta forma emocional, impulsivo, y romántico. Una mezcla sana de ambos pareciera lo esencial para una total percepción de la realidad no definida.
En la vida diaria, estamos siendo testigos hoy de las consecuencias desastrosas de la sobre especialización, de nuestra visión estrecha. Los industriales quienes se preocupan solamente de echar a andar su fábrica con independencia de la contaminación ambiental, el científico investigador que quiere alcanzar un nuevo conocimiento y éxito profesional sin importarle las consecuencias de sus descubrimientos, el médico que se preocupa con el tratamiento del cuerpo de un paciente sin ocuparse de la mente, los educadores preocupados únicamente por el éxito de sus estudiantes al momento de presentar sus exámenes, el líder que sólo propaga ilusiones populares a fin de asegurar seguidores, al llamado religioso que hace propaganda de sus creencias particulares, son todos ejemplos claros de las consecuencias de una visión limitada. Esto ha hecho que el hombre asocie agresividad en conseguir su propia causa como una virtud. Ha aceptado implícitamente que el interés propio es la única motivación base en una sociedad, aunque ve que es el factor más destructivo de ésta. Nuestra vida hoy está llena de estas contradicciones. Impulsamos la competencia cruel por un lado y por el otro predicamos el amor universal. Premiamos y adoramos el éxito, aunque hablamos a la vez del respeto que tenemos por los seres humanos como iguales. Aún la religión se ha reducido a un ritual cómodo y utilitario.
Todo esto y más, es el resultado de una visión estrecha. Reconocemos esto y vemos el hecho de que uno es producto de una sociedad y por lo tanto padecemos de una visión limitada, ¿qué puede hacer uno para tratar de percibir la realidad, la verdad, holísticamente? Se ha preguntado si es del todo necesario o posible percibirla holísticamente. Uno debe examinar lo que uno entiende por la palabra “necesario”. Necesario, ¿para qué? Esta pregunta en sí misma es producto de una visión estrecha y utilitaria que quiere que hagamos solamente lo que es necesario --- necesario para el éxito, para el confort, para el logro, para una especie de ganancia material o psicológica. Es producto de una mente que no está dispuesta a buscar la verdad sólo por el amor a ésta. Tal mente es en sí misma un problema, una limitación.
La otra pregunta, si la visión holística es del todo posible es una pregunta equivocada, y las preguntas equivocadas no tienen contestación. ¿Quién pues ha de juzgar y decirnos si nuestra visión de algo es holística? ¿ Por qué este deseo de conocer el grado con que uno la ha “logrado”? ¿ No se deberá esto al producto de una mente que está cautiva en el juego estrecho del logro, de la medición, del cumplimiento? Uno está observando, percibiendo y preguntando todo esto con un instrumento (nuestro cerebro) que en sí mismo es limitado, fragmentado, dividido y por lo tanto incapaz de una percepción holística.
Si ello es así, ¿qué se supone que uno debe hacer? Obviamente, la primera cosa que uno tiene que hacer es ver la verdad de todo esto – no sólo intelectualmente, a través de argumentos y razonamientos, sino realmente. No como conclusión razonada teóricamente o filosófica, sino como un hecho. ¿Cuál, uno puede preguntarse, es la diferencia entre las dos? Hay una tremenda diferencia, psicológicamente. Cuando uno arriba a algo como una conclusión de un proceso de pensamiento hay un elemento de logro, de habilidad y destrezas lógicas en ello, que sutilmente reconforta al ego. Es algo que de lo que uno se siente orgulloso, como una pluma más en un sombrero, otra cualidad que uno ha alcanzado exitosamente, un resultado especial al que uno llegó, todo lo cual da importancia al que lo hace. Es entonces agregado como otra pieza de conocimiento especializado, que tiene un significado muy pequeño ya que es un factor limitado.
Aún en el campo de las ciencias físicas, que tienen que ver con la realidad objetiva, esto se ha hecho cada vez más claro durante el siglo veinte. Hasta finales del siglo diecinueve, la realidad física parecía ser algo indefinible con precisión, explicado claramente sobre la base de leyes definidas, a partir de las cuales uno podría predecir en forma precisa el curso de un fenómeno físico. Pero ahora sabemos que aún la realidad física es difícil de describir resistiendo todos los intentos de definirla con mucha precisión. Permítame ilustrar esto con un ejemplo. Cuando los científicos examinaron de cerca la naturaleza visible de la luz, encontraron que es una onda electromagnética que se propaga en el espacio y es gobernada por las leyes del electromagnetismo. Esto fue aceptado como una explicación satisfactoria y acabada de la realidad de la luz y ello explicó casi todo comportamiento de la luz; su reflexión, dispersión, etc. Pero cuando los científicos examinaron aún más de cerca la absorción y la emisión de la luz, encontraron que siempre es absorbida o emitía conjuntos de energías que llamaron fotones.
Einstein dio con su famosa ecuación para la energía de un fotón como E=hf donde la f es la frecuencia de la onda luminosa y “h” es una constante universal llamada Planck. Este simple hecho ha tenido implicaciones filosóficas muy profundas. Considere un haz de luz cayendo sobre un plato de cristal. Suponga que el 10% de la luz se refleja y el 90% se transmite. Ahora, si la energía en el haz de luz es cuantificada en fotones, entonces ¿cómo predecir el comportamiento de un solo fotón cuando cae al plato? ¿Iría dentro del haz reflejado o dentro de el haz transmitido? Uno puede decir únicamente que hay un 90% de probabilidad que vaya dentro del haz transmitido y el 10% vaya en el haz reflejado. Lo cual significa, que el comportamiento de un solo fotón es inherentemente impredecible. Esto contradice todas las leyes de la física clásica, de acuerdo con las cuales, las mismas causas deben producir el mismo efecto y el comportamiento debe ser completamente determinista. Por tanto, aún en el mundo físico, hay inherente incertidumbre en predecir el comportamiento de un sistema. Mientras más pequeña sea la partícula, mayor es la incertidumbre de predeterminar su comportamiento.
La mecánica cuántica reconoce este principio de incertidumbre como una ley fundamental del universo. Reconoce igualmente la interacción del observador afectando lo observado y de allí inherentemente limitando su exactitud de una observación. Considera nuestro deseo de explicar la realidad en términos de modelos simples racionales como una traba de nuestra mente, adquirida de la condicionante física clásica y del reino limitado de nuestras experiencias diarias. Esto es porque somos incapaces de percibir directamente la realidad de un espacio-tiempo continuo, aunque se ha sido probado matemáticamente y verificado por medio de la experimentación. En nuestra diaria experiencia sobre el espacio y tiempo hay entidades separadas, que no interactúan una con otra; por tanto nuestra mente rehúsa ver la realidad como está demostrada por la ciencia. De manera similar, el hecho de que la luz se comporte en algunos experimentos como una onda y en otros como una partícula es del todo confuso para la mente porque preferiríamos la realidad ajustada a un modelo simple que podamos comprender. En efecto, aún el propio Einstein rechazó aceptar la mecánica cuántica desde un punto de vista filosófico, diciendo, “Yo no creo que Dios esté jugando a los dados”. Hasta el último momento de su vida él creyó que nuestra incapacidad para predecir el comportamiento de una partícula individual era de algún modo nuestra propia limitación y no por una ley fundamental de la naturaleza.
Por tanto, si el condicionamiento de nuestra mente por pasadas experiencias, limita nuestra habilidad para percibir la realidad física, cuánto más difícil es observar nuestro condicionamiento psicológico y limitación donde la interacción entre el observador y lo observado es infinitamente más grande. Por cierto, ¡el observador no es quizá diferente de lo observado! Dado que la visión holística no es algo que se “logre” por una mente limitada, sólo puede vivir con esta pregunta, y no contestarla. Puede estar consciente de su propia limitación, y por tanto cesa de dar enorme importancia a ello, y en ese proceso, posiblemente, naturalmente se tranquilice. Es claro que solamente con una mente tranquila y naturalmente silenciosa pueda tener una percepción holística de la realidad. No una mente que ha sido aquietada a través del esfuerzo, de la práctica, del auto-control sino una que se dé cuenta de su propia futilidad y que deje de interferir. Este es el gran reto que la vida depara al ser humano para una percepción holística.
Traducción: Salvador D. Rojas
Noviembre 10, 2004